Venecia, una ciudad ahogada por el turismo y hundida bajo su propio peso romántico, alberga un secreto: una resistente tradición de remo de pie, que alguna vez fue el alma de la laguna, y que ahora lucha silenciosamente por sobrevivir. Pero una pequeña organización dirigida por mujeres está cambiando eso.

Durante siglos, los canales no fueron sólo telones de fondo escénicos. Estaban trabajando en vías fluviales. Batele, embarcaciones estrechas de madera, mercancías transportadas y personas dependían del remo para su movilidad básica entre las islas. Hoy sólo quedan un puñado. El cambio se produjo después de la Segunda Guerra Mundial con la introducción de embarcaciones motorizadas, pero el declive va más allá de la mecánica. Se trata de una cultura que se desvanece con el tiempo.

El último bastión de la verdadera Venecia

El barrio de Cannaregio es donde se afianza esta historia. A diferencia del Puente de Rialto, atascado por los palos de selfies, Cannaregio todavía respira vida local. Los lugareños compran, leen periódicos en los cafés e ignoran las hordas de turistas. Es aquí donde Jane Caporal dirige Row Venice, una organización sin fines de lucro dedicada a preservar la voga alla Veneta, la técnica de remo de pie única de la ciudad. Caporal, un australiano que se estableció en Venecia hace más de 30 años, no creció con esta tradición; ella lo abrazó.

“Vi mi primera Regata Storica desde el Gran Canal”, recuerda. Esta carrera anual es el pináculo del remo veneciano, pero el deporte en sí está lleno de historia. Caporal no se limitó a mirar, se unió a un club y se convirtió en remera competitiva. Pero su objetivo no era la gloria personal; era para mantener viva a voga.

Desafiando una tradición machista

El mundo del remo veneciano está obstinadamente dominado por los hombres. Los gondoleros, los rostros icónicos de la ciudad, son casi exclusivamente hombres. En 2009, Giorgia Boscolo se convirtió en la primera mujer con licencia de gondolero y ocupó los titulares internacionales. El proceso en sí es riguroso: 400 horas de formación que abarcan historia, arte, navegación y habilidades prácticas.

Caporal’s Row Venice desafía directamente este desequilibrio. Cuando empezó, los remeros acosaban abiertamente a sus instructores, acusándolos de dañar los barcos sólo por existir. “Existía la idea de que comercializar la tradición era una falta de respeto”, dice. “Peor aún, que lo estuviera haciendo una mujer”. La rivalidad se ha enfriado, pero la resistencia inicial subraya cuán profundamente arraigados estaban los roles de género.

Más que solo góndolas

Las góndolas captan toda la atención, pero representan sólo una fracción del patrimonio de remo de Venecia. El batele coda di gambero (barco con cola de camarón), el tipo que utiliza Row Venice, es más ancho y estable, ideal para principiantes. Hoy en día sólo existen 10 de estos barcos.

La historia es más rica que las góndolas. Las mujeres siempre han remado aquí. En los siglos XVII y XVIII había 10.000 góndolas. Pero incluso antes de eso, las prostitutas usaban barcos llamados mascareta para viajar entre asignaciones, usando máscaras para ocultar sus identidades. Los registros del siglo XIV detallan la participación de mujeres en regatas. Las campesinas de las islas llevaban sus productos al mercado a remo. Esto no era recreación; era necesidad.

Un renacimiento a través del turismo

Row Venice no se trata sólo de tradición; se trata de supervivencia. Al ofrecer lecciones de remo a los turistas, la organización inyecta fondos al deporte, patrocinando atletas y carreras. La presión funcionó: en 2021, las remeras de la Regata Storica finalmente ganaron el mismo premio en metálico que los hombres, una corrección que se debía hacer mucho tiempo.

La experiencia en sí es transformadora. Los turistas se deslizan por canales tranquilos, lejos de las multitudes. El movimiento es diferente al del remo sentado; el remo actúa como timón y requiere un delicado equilibrio.

La determinación de Jane Caporal es evidente: empezó a remar cuando tenía 40 años y se convirtió en campeona. Su trabajo no es sólo preservar un deporte; es mantener a flote una parte del alma de Venecia.

La realidad es clara. Venecia depende de sus vías fluviales, y las vías fluviales dependen del remo. Al elegir remar, los turistas se convierten en parte de ese legado, no sólo en observadores. La ciudad no existe sólo para los grandes barcos; existe para el deslizamiento silencioso de una batela, conducida por cualquiera que tenga la voluntad de tirar.